Hay algo profundamente contradictorio en ciertos sectores que se autoproclaman defensores del orden, la patria y el mérito. En nombre de esos valores, justifican dictaduras, desprecian lo popular y se imaginan parte de una élite que solo existe en su fantasía. Pero detrás de ese discurso de superioridad moral se esconde una verdad incómoda: son los primeros en extender la mano cuando el Estado —al que tanto critican— reparte beneficios.
Lo más lamentable de la gente que vota por la ultraderecha no es siquiera la visión moral y política que tienen, apegada a una dictadura sanguinaria y corrupta; no es que se perfumen de patriotas para justificar el odio hacia todo lo diferente, mientras rinden ovaciones ciegas a líderes extranjeros; no es, ni siquiera, que desprecien todo lo popular y vivan anhelando ser una clase alta chic con tintes europeos o norteamericanos.
Lo más lamentable es que son los primeros en beneficiarse de los avances de la centroizquierda. No hablamos ni siquiera del votante clase baja que, por ignorancia o propia crianza, vota a la derecha; hablamos de esa clase media-alta que, con aparente educación y “buen gusto”, no duda en acceder a todos esos beneficios estatales, aunque no los necesite. Piden cajas de mercadería, PGU, bonos por hijos, gratuidad y tantas cosas más. No importa que no lo necesiten, no importa que haya gente que depende de eso; total, falsean la ficha social —aunque pertenezcan al 1% más rico del país— y terminan accediendo al beneficio.
Eso es lo más lamentable: que tratan a todos de flojos, critican a quienes cruzan ciudades a las 5 a.m, en transportes públicos indignos, abarrotados de gente, con jornadas laborales extensas y un sueldo que te condena a la miseria. Por eso este país duele, porque nuestra clase alta no solo es más ignorante y menos preparada que otras clases altas latinoamericanas, sino que, sobre todo, carece de pudor. Pudor que les evitaría hablar de un país que no conocen y que además desprecian con toda su alma. Pudor que, por cierto, les impediría llegar con camiones del año para cobrar beneficios sociales, para después votar por erradicarlos.
Porque en Chile la desigualdad no solo se mide en ingresos o oportunidades, sino también —y quizás sobre todo— en la falta de vergüenza de quienes viven del Estado mientras claman por hacerlo desaparecer.
















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